martes, 18 de abril de 2017

VOLVEMOS A KATHMANDU


Kathmandú 24 de noviembre.

Volvemos al hotel Vaishali, es nuestro centro de operaciones en Tamel, nos dedicamos a visitar la ciudad sin prisas. Nos perdemos por las calles y los templos de Bhaktapur, desde los mercados donde olía a pescado a los puestos de especias o flores.
Las tallas de madera son lo más impresionante que he visto, las calles están hechas con ladrillos macizos colocados de canto, lo que te hace pensar en aquellos trabajadores anónimos que dedicaron su vida a estas obras.
Toda la ciudad es una belleza que se cae a pedazos, sin un mínimo mantenimiento que ayude a todos aquellos monumentos a seguir adelante, pero es que son tantos….que entiendo que al país le cueste hacer frente a tantos gastos para mantener la ciudad, quizás lo gasten en otras cosas como sucede aquí.
Al día siguiente visitamos el templo de Changu Narayan, uno de los más antiguos de Kathmandú, estuvimos solos haciendo la visita, el templo está casi en estado de abandono, es de base cuadrada con unas columnas inclinadas que sujetan el primer tejado, y luego otro por encima, tiene tallas en los muros y en las columnas de carácter erótico, fue construido en el siglo IV, y es un claro ejemplo de la arquitectura tradicional nepalí. Se puede ver una imagen de Garuda, con una serpiente alrededor del  cuello, de tamaño humano, dicen que aquí esta la inscripción en piedra más antigua del país que recuerda las gestas épicas del rey Mana Deva.


También fuimos a Nagarkot, un lugar elevado desde donde, en los días claros, se pueden ver unas espectaculares vistas de la cordillera del Himalaya, desde el Kanchenjunga al este hasta el Everest al oeste, cuando llegamos estaba todo cubierto de nubes, no vimos nada, pro nos hicimos una foto con las nubes al fondo.
Desde nuestro hotel hacíamos largas caminatas, fuimos al templo de la colina de Swayambhunath, una larga escalera nos sitúa a 1406m, como si subiésemos al Puig Campana. La estupa está situada en el centro de una plataforma no demasiado grande, y resulta estrecho el espacio alrededor de la misma, y la gente se amontona junto a la gompa.
Lo cierto es que te pegas una buena sudada al subir las escaleras, pero merece la pena, tanto por la estupa y la gompa como por las vistas que disfrutamos desde lo alto de la ciudad y el valle, mirando al sur está la ciudad de Patán, al este, detrás de Kathmandú, está Bodhnath, y cerca del aeropuerto esta Pashupatinath, también hacia el este más lejos está Bhaktapur. Las vistas son espectaculares.



 A la vuelta fuimos a un mercado tradicional, es decir, alejado de la zona por donde se mueven los turistas, allí compré varios cuchillos Gurkas, para Vicen y Jesús, el famoso Kukri, estos no estaban hechos para turistas, eran más bastos y no tenían la hoja brillante, se gastaban para trabajar con ellos, cortar por una parte y golpear por la otra, los soldados Gurkas del ejército Británico lo utilizaban en su equipo de combate, y al parecer eran terribles con él.

El mercado tenía toda clase de artículos, desde ropa, comida, flores hasta artículos de ferretería, estaba cerca de la plaza de Chhetrapati, siguiendo el camino llamado Dhalko, se cruza el río Visnumati, allí los niños se bañan junto a cerdos que comen basura en las orillas del río.


En Kathmandú hay una zona donde viven los tibetanos de la ciudad, se llama Bodhnath, en el centro de una gran plaza está la estupa del mismo nombre, a su alrededor están las casas y las tiendas de los tibetanos con su arquitectura tradicional.
Tienes que rodear la plaza en el sentido de las agujas del reloj, hay una gran fila de molinillos de oración que vas girando mientras caminas, en la parte alta salen multitud de banderas de oración que ondean al viento enviando oraciones a los cuatro costados del mundo, da gusto ver a toda esa gente que siempre tiene una sonrisa en la cara, da la sensación que son felices.


Nuestros días en Kathmandú llegaban a su fin, habíamos recorrido sus calles, sus templos, sus mercados, sus jardines, vimos incinerar a una mujer junto al río, al que luego tiraban sus restos, subimos a los ricksaus, comimos en sus restaurantes, unos mejor, otros….., en fin, vivimos unos días muy agradables en aquella mágica ciudad.


El 29 de noviembre nos dirigimos al aeropuerto Tribhuvan con nuestros petates a pasar un pequeño infierno de formalidades, pesos, tasas etc. Embarcamos con destino a Karachi en Pakistán, donde hicimos escala, esa noche la pasamos en un hotel de la compañía pakistaní, al día siguiente nos llevaron al aeropuerto y tras horas de espera nos llamaron para ir al embarque, el vuelo estaba lleno, habían familias que se dirigían a Londres con niños que no tenían billete, ocuparon nuestras plazas y no se querían levantar, al final nos cambiaron a nosotros.
El vuelo fue de lo peor, cuando el avión aterrizó en Londres, el interior parecía un vertedero, lleno de papeles, pañales, los más diversos envoltorios llenaban el suelo del avión sin que la tripulación le dijese nada a nadie.
El vuelo de Londres a Barcelona fue un relax, sin niños ni padres que tirasen cosas al suelo, sin gritos, cuando llegamos al Prat, hacía treinta horas que habíamos salido de Karachi, al fin estábamos en casa. 

martes, 11 de abril de 2017

SALIMOS DEL TIBET....




Nos despertaron sobre las cinco de la mañana, nos preparamos un té con el agua del termo de la habitación y guardamos las ultimas cosas en la mochila, salimos al patio, y allí  estaba una chica de la recepción para pedirnos un taxi para ir al aeropuerto, nos dice el precio aproximado para que el taxista no nos engañe, allí todos los taxistas son Han, y los tibetanos no se fían de ellos, le dimos una propina y salimos a la calle, hace un frío terrible, cargamos las cosas y subimos al taxi.
El aeropuerto está a 65km por una carretera bastante mala, nuestro vuelo sale a las 9:50h, y tenemos que estar allí dos horas antes, así pues salimos en plena noche, dentro del taxi hace más frío que fuera, llevamos los anoraks de pluma y estamos tiesos.



Hay luna y se pueden ver las siluetas de las montañas, cuando el taxi cruza el puente sobre el río Tsang po, apaga las luces mientras el vehículo está sobre el puente, nos quedamos alucinados, cuando salimos del puente las vuelve a encender, no sabemos el motivo y no se lo podemos preguntar, solo habla chino.
Llegamos al aeropuerto a las 7:15h, vamos a facturar pero todavía no han abierto, nos tomamos un café en un puesto bastante cutre, al fin el mostrador se abre y podemos facturar, pagamos el impuesto para salir del país y pasamos a la sala de espera para embarcar, somos los únicos occidentales que no estamos aquí por negocios, se nota por la ropa que visten algunos ejecutivos.
Más tarde aparecen algunos viajeros con pinta de ingleses, aunque la mayoría son chinos y nepalís.

A la hora prevista embarcamos y al cabo de quince minutos estamos en el aire, a lo lejos la gran meseta tibetana salpicada de manchas azules, llena de lagos, al cabo de un buen rato aparece la cordillera del Himalaya, la sobrevolamos con buen tiempo, la gran claridad del aire nos permite ver a grandes distancias ese inmenso mar de montañas nevadas, es fantástico. En tres horas pasamos de Lhasa a Kathmandú.



martes, 28 de marzo de 2017

EL POTALA







Nos levantamos temprano para ir a visitar el Potala, hacia mucho frío, nos abrigamos bien y tomamos un taxi que nos llevó a la entrada del edificio, compramos las entradas y comenzamos la visita, no sabíamos en ese momento que la entrada no ere la misma para todo el mundo, los tibetanos entraban por la entrada contraria a la nuestra, por ese motivo pasamos toda la visita cruzándonos con los tibetanos, una sutil maniobra del gobierno para que no puedas hablar con nadie, nunca caminamos juntos, siempre en contra, por lo que no podían detenerse con nosotros, no podíamos ver lo que hacían o miraban, solo nos juntábamos un instante.


El Potala es un edificio impresionante, se cuenta que lo construyó el rey Songtseng Gampó, que vivió en el siglo VII, en su época tenía nueve pisos y novecientas estancias.
A la caída del imperio tibetano en el 842, de los antiguos edificios solo quedaban ruinas, su reconstrucción se postergó hasta el siglo XVII, en tiempos del V Dalai Lama, llamado Ngawang Lobsang Guiantso, que fue quien levantó el edificio que conocemos hoy, tiene trece pisos y 118 metros de altura, con centenares de habitaciones, capillas, escaleras y  pasillos, en su interior se puede estar en pequeñas salas llenas de representaciones de Budas o en otras donde las estatuas tienen varios metros de altura. Todas con cientos de lámparas de manteca de yak que iluminan las estancias dando la sensación de estar en otra dimensión, todo esto acompañado de un denso humo gris de un fuerte olor a rancio producido por la manteca que lo impregna todo.


Al finalizar la visita nos fuimos al hotel a descansar un rato, pues la caminata por el interior del Potala, subiendo y bajando todo el rato por las escaleras, a esta altitud, se hace pesado. Aprovechamos para llamar por teléfono a casa y luego vamos a comer.
A Claudio no le volvimos a ver, y lo cierto es que no le echamos de menos.
Regresamos a la plaza de Jokhang para perdernos por sus callejuelas que parecían estar en un tiempo indefinido, con la gente tibetana haciendo sus compras o simplemente realizando una Kora por Barkhor.


Nos encontramos con unos catalanes que nos oyeron hablar y nos saludaron, aunque no había demasiados occidentales por esa parte de la ciudad.
Hicimos las ultimas compras, yo compré un bonito cuchillo tibetano de segunda mano, mas pequeño que el que compré en Nepal pero mas afilado.

Fuimos a cenar y luego al hotel, al día siguiente teníamos que ir muy pronto al aeropuerto que está bastante alejado de la capital. Haciendo el camino hacia el hotel, pasamos frente a un escaparate que en su interior tenía varias televisiones en funcionamiento, frente al cristal, varios tibetanos ataviados con sus raídas vestimentas estaban mirando sin moverse las teles con programas chinos, Toni me dijo: Mira, el comunismo no logró doblegarlos, pero con las teles…...no tienen escapatoria. Tenía razón, aquel pueblo fiero, que había plantado cara al comunismo de Mao, unas veces con las armas y otras con su  inacción, ahora estaban a merced del proceloso mar de las ondas televisivas. No tenían salvación, en unos años, sus costumbres solo serían un recuerdo. Me fui a dormir dolido, pensando en que aquel país mítico se desvanecía, yo descubrí el Tíbet en la biblioteca del padre de mi amigo Emilio, en su casa de Alicante, leyendo un ejemplar de El Tercer Ojo, creo recordar que era una edición de 1956 de la editorial Ancora y Delfín, empecé a leer aquel libro escuchando una cinta de Mike Oldfield, Tubular Bells, y la descripción de los paisajes quedo ligada a aquella música para siempre.

domingo, 26 de febrero de 2017

LHASA II



Al día siguiente fuimos a ver el monasterio de Sera, eran impresionantes las largas colas de tibetanos que con suma paciencia esperaban su turno para entrar a ofrecer sus limosnas y oraciones, la mayor parte de la gente vestía ropas tradicionales del Tíbet, los hombres con las chubas de larguísimas mangas atadas a la cintura, las mujeres con sus cabellos trenzados y ropas de vivos colores, tocadas con un delantal de finas rayas de colores, algunos llevaban las típicas botas tibetanas, confeccionadas con fieltro muy duro con gran cantidad de colores.
Al entrar estaba todo muy oscuro, la única luz del interior era una gran cantidad de lámparas de manteca de yak que ardían como ofrendas ante las imágenes que llenaban la gran sala, fuimos pasando frente a las imágenes llenas de billetes, que nadie recogía, se notaba por el polvo, el olor a la manteca fundida era muy intenso y el humo se podía cortar con un cuchillo, la gente murmuraba sus oraciones y se producía un ambiente de misticismo que envolvía a todos los presentes.



Salimos al exterior a escuchar los tambores y los címbalos en un pequeño jardín junto al monasterio, se está celebrando un acto litúrgico, preguntamos por señas si podemos entrar y hacer fotos, nos hacen gestos afirmativos, pasamos y nos colocamos en un rincón para ver la ceremonia, los lamas se sentaron en filas frente al altar donde se sitúa el lama principal, cantan una salmodia con una voz gutural profunda, todos estaban


sentados, con sus gorros de color amarillo, los monjes reían y bromeaban en un ambiente distendido, luego apareció un personaje que lucía una gran barba blanca postiza y la cara tiznada del que todos se burlaban. Tras un rato de rezos, la multitud de fieles se desplaza tras los monjes a una zona junto a una torre de varios pisos donde se realiza una ofrenda y luego todos se marchan.
Nosotros fuimos a ver una rudimentaria imprenta que tenía el monasterio, que básicamente se dedicaba a reproducir algunos textos y banderas de oración. El monasterio se fundó en el año 1419 por el monje Jamchen Chupje Sharka, que fue discípulo de Tsong-Kapa. Al salir del monasterio de Sera, fuimos hacia el centro de la ciudad, pasamos frente al edificio del Potala y en la gran explanada que hay a sus pies, había un mercadillo de chinos que tenían de todo, una joven tibetana se acercó a Mari para venderle algo, vestía a la usanza tradicional, con un tocado de turquesas adornaban su cabeza y un sin fin de trenzas que le llegaban mas abajo de la cintura, debía soportar un gran peso para lucir todos aquellos adornos.

lunes, 20 de febrero de 2017

LHASA



Claudio vino a buscarnos para compartir el taxi para ir al monasterio de Deprung, solo nos buscaba por interés, luego se coló en el monasterio sin pagar, decía que no quería colaborar con el gobierno chino, un jeta, no volvimos a salir con él era un gorrero, que cuando tenía diarrea, nosotros le dábamos agua embotellada porque él no tenía, hasta que nos dimos cuenta que lo que no quería era comprarla, fin de la experiencia con Claudio.
El monasterio de Deprung está a unos cinco kilómetros de Lhasa hacia el oeste, atravesamos la ciudad por la avenida de Beigin, eje principal de la ciudad, pasamos por delante del Potala y junto a unas estatuas doradas que los chinos han colocado en las rotondas con su particular estilo de exaltación comunista, que por cierto son bastante ridículas.
Deprung fue fundado en el año 1416 por un monje llamado Jamyang-choe, fue discípulo de Tsong-Kapa de la orden de los Gelupa. Una de las reliquias del monasterio es una caracola que cuentan que Tsong-Kapa la desenterró y se la entregó a su discípulo, el fundador del monasterio, con el fin de que la hiciese girar en la rueda de la ley.

Dicen que en este monasterio vivieron cerca de ocho mil monjes, nosotros no vimos mas de veinte, nos llamó la atención que en uno de los patios tenían cocinas solares, donde calentaban unas grades teteras.
Visitamos el recinto y la sala de las reliquias, allí había un monje que nos sonreía sin parar con cara de felicidad.
No tuvimos ningún problema en movernos por el edificio, nos llamó la atención las letrinas, situadas en una habitación elevada con unos orificios en el suelo donde hacían sus necesidades, y caían en un bancal sitiado más abajo donde se acumulaban para su posterior utilización como abono.

Estaban restaurando el monasterio por partes, tenían unos trabajos en madera preciosos, los capiteles de las columnas de de los porches de marquetería eran una pasada.
Al terminar la visita estuvimos un rato esperando por si subía algún taxi, pero no tuvimos suerte, así que nos fuimos caminando hacia la parada del autobús, durante la bajada conocimos un monje muy simpático que por señas nos pedía hacerse una foto con nosotros y que se la mandásemos, anotó en mi cuaderno su dirección para que no olvidásemos enviarla, el monje era bajito y con una considerable joroba, aunque no parecía muy mayor, nos despedimos y continuamos bajando hacia la parada del bus.
Al llegar a la parada enseñamos nuestro papel con la dirección, enseguida se armó un pequeño revuelo, todos querían ayudarnos a llegar, nos indicaron el autobús que debíamos tomar y todos estaban pendientes de avisarnos cerca de la parada donde debíamos bajar, al hacerlo todos se despedían de nosotros con un saludo y una gran sonrisa, todo esto sin entender una sola palabra. Durante el viaje en el bus, un viejo lama sentado junto a Toni, estaba encantado con su barba, y cada vez que le tocaba la barba se partía de la risa, Toni accedía a que le tocase la barba otra vez y el lama daba una gran carcajada que nos hacía reír a todos, allí son todos bastante imberbes, y les parecía muy divertido un hombre con barba.

sábado, 4 de febrero de 2017

LLEGAMOS A LHASA






Un poco antes de llegar a Lhasa, está Chutsu, en el cruce de carreteras que conduce al aeropuerto de la ciudad, situado a unos ochenta kilómetros del centro, aquí también se unen el Tsangpo y el Lhasa he, o río de Lhasa.
Muy cerca ya de Lhasa, Tsonam hace una parada frente a unas imágenes talladas en la piedra de la ladera de la montaña, al lado unas pintadas borradas al estilo de los viejos tiempos de la dictadura, que no entendemos pero intuimos.
El Potala aparece a lo lejos, esa imagen que había visto tantas veces en libros y revistas, ahora estaba delante de nosotros como un espejismo, pero era de verdad, estábamos en la mítica ciudad de Lhasa, en el Tíbet.


Tsonam nos lleva al hotel Yak en el barrio de Barkor, en el centro de la ciudad antigua, nos instalamos en una habitación doble con baño, el techo era una pasada, sobre las vigas tenía una especie de cañizo, donde cada caña estaba pintada de un color, repitiendo un patrón, era precioso, la cama era de madera trabajada con gran profusión de detalles de gran calidad, el baño tenia agua caliente, y el precio estaba muy bien pese a ser una de las más caras del hotel. Nuestro compañero de viaje, Claudio, se instalo en una habitación compartida de cuatro o de ocho.



Dejamos nuestras cosas y bajamos a la recepción para pedir un taxi, queríamos ir a toda prisa a las oficinas de China Southwest Airlines para cerrar el vuelo de vuelta, la chica del hotel nos apuntó en un papel una frase en chino y tibetano, por si nos perdíamos, que decía: Por favor llévenos al hotel Yak, Gracias.
Después de una larga espera, conseguimos la vuelta para el 23 de noviembre a las 9:00.

Nuestra prisa se debía a que este era el último vuelo de la temporada, y si lo perdíamos tendríamos que volver otra vez por la carretera que vinimos, con el riesgo que hubiese nieve en los puertos por donde teníamos que cruzar.
Como ya era tarde fuimos a comer al primer restaurante que vimos cerca de las oficinas de la compañía aérea. La experiencia fue total, pues la carta solo estaba en chino, por lo que tuvimos que pedir a ojo, Mari y Alicia entraron en la cocina, vieron los platos y pidieron, uno de ellos, un guiso con patatas no pudimos comerlo de lo que picaba.
Cuando estábamos comiendo entró en el local un joven monje, y el propietario no le dejó pasar, fue un momento tenso, pues le echó con malos modales, no volvimos a ningún restaurante chino en el tiempo que estuvimos el Lhasa.


Por la tarde fuimos a dar un paseo por la plaza donde estaba el templo de Jokhang, había mucha gente, los puestos del mercadillo tenían de todo, fruta, carne, frutos secos, telas, etc, cuando te cruzabas con la gente te miraban con atención y te lanzaban una sonrisa de oreja a oreja, parecía que conocíamos a todos los que se cruzaban con nosotros en la ciudad.
Fuimos a cenar con Claudio el argentino, nos llevó a un tugurio para turistas que recomendaba la guía Lonely Planet, allí se reunían los occidentales, mochileros que llegaban a Lhasa, hacían comida parecida a la occidental italo-americana, no nos gustó nada, además estaba bastante sucio, restaurante Tashi se llamaba.
Los turistas guía en mano son un fenómeno curioso, acuden todos a los mismos lugares, atraídos por los cantos de sirena de las guías, así pues aprendí dos cosas, no volver a ningún restaurante chino, y alejarnos de los tíos con una guía en la mano, con esto no quiero decir que las guías no sean útiles, pero también hay que tener algún criterio y no ir por ahí obcecado por la guía, nosotros fuimos a restaurantes tibetanos, y bueno, a probar cosas nuevas, todos tenían la carta en ingles y nos fijábamos en su estado de limpieza.

miércoles, 25 de enero de 2017

SHIGATSE



  Everest

Cerca de Lhatse-Dzong, Lhaze, unos cien kilómetros antes de la gran llanura, vemos el
monte Everest, el Chomolugma o diosa madre de los tibetanos, es una vista magnifica de la cara norte, una arista que discurre hacia la cumbre, situada a la derecha, parece una subida suave, pero no lo es, desde aquí no podemos apreciar su verdadera magnitud.
En la cumbre se aprecia un gran manto blanco que se debe a los fuertes vientos que sufría, pensé si habría alguien en la cumbre en ese momento, azotado por aquellos vientos terribles.
En Lhatsé, solo llenamos el depósito de diésel, Tsonam nos hace bajar del coche para entrar en la gasolinera, nuestro compañero de viaje, Claudio, está mareado y casi no se tiene en pié.
Unos kilómetros antes de entrar en el pueblo la carretera está bien asfaltada, y creíamos que seguiría así, pero no tardamos ni quince minutos en volver a la pista de tierra, veíamos a la gente regresar de los trabajos del campo en remolques tirados por viejos tractores, en bicicletas o simplemente andando. El valle parecía bastante fértil aunque estábamos a más de 3500m.


 Lhatsé

Caía la tarde cuando salimos de Lhatsé, el sol estaba casi sobre las montañas, subimos un pequeño puerto desde donde se dominaba el valle, el camino parecía mejor, pero Tsonam seguía a su ritmo. Tardamos seis horas en recorrer los poco más de ciento ochenta kilómetros entre Lhatsé y Shigatsé, Xigazé para los chinos, la luz de los faros de nuestro coche no parecía eléctrica, era similar a la de unas velas dentro de los faros.
Al fin llegamos a Shigatsé, Tsonam nos llevó a un hotelucho bastante cutre, nos dieron una habitación para los cuatro, con cuatro camas si baño, que nos costó 80 yuans, unas 400 pesetas por persona. Cenamos en la habitación y luego a dormir, bueno después de arreglar la cama de Toni que se rompió al sentarse en el borde para desvestirse.


 En el hotel de Shigatse

La pista de tierra te deja destrozado, así que dormimos de un tirón, este día hicimos quinientos cincuenta kilómetros por pista de tierra.
Al tener que confirmar el vuelo de vuelta con antelación, nos obligaba a llegar a Lhasa en horario de oficina, lo que nos impide visitar la ciudad de Shigatsé y su monasterio.
El monasterio de Tashilumpo es el mayor monasterio de la orden Gelupa, lo fundó el primer Dalai Lama en 1447, fue destruido por los chinos durante la revolución cultural y restaurado más tarde, tiene una estatua de oro macizo de Maitreya, el buda del futuro.
Nos levantamos muy temprano, y hace bastante frío, la ciudad está cubierta por una densa neblina que parece mas polución que niebla. A pesar del frío y la hora las calles están llenas de gente que supongo se dirigirán al trabajo. Nuestro coche no tiene calefacción y además tiene unos agujeros en el suelo por donde se cuela un aíre helado que nos deja las piernas entumecidas.
El ríoTsangpó

El río que nos acompaña es el Tsangpó, más conocido para los occidentales por el nombre de Bramaputra. La carretera ahora ya está asfaltada, y así seguirá hasta la capital, exceptuando algunos puntos donde el río o los desprendimientos la han borrado, aunque su estado en general es bastante bueno.

viernes, 20 de enero de 2017

EN RUTA HACIA LHASA




Emprendemos el viaje hacia Shigatsé, el sol ya calienta las colinas, aunque el fondo del valle aún esta en sombra, dejamos Nyalam y continuamos subiendo, al cabo de unos kilómetros paramos junto a una pequeña aldea para ver la cueva de Milarepa, un santo tibetano que vivió en el siglo X, una pequeña gompa guardada por un lama que pese al intenso frío lleva un brazo al descubierto, nosotros teníamos mas frío solo de verlo.
Haciendo el mínimo esfuerzo para volver al coche, subimos la cuesta con lentitud, pues nos falta el aire en cada paso que damos, el sol ya nos daba, pero no sentimos su calor, no calentaba aquel duro paisaje de montañas peladas con unas cuantas casas con sus terrazas repletas de combustible para poder pasar el duro invierno que cada vez está mas cerca.
Seguíamos ascendiendo, el paisaje desértico nos acompañaba, pero la gama de colores ocres y marrones era desconocida para nosotros.


Cueva de Milarepa.

Como el firme de la pista es bueno, Tsonam pisa el acelerador y llegamos a los 60km/h, nos dirigimos al paso de Lalung-la, un puerto de montaña a 5050m, cuando llegamos allí arriba el sol luce con tanta fuerza que casi hace daño, el día es esplendido, hace un poco de viento y bastante frío, pero esto no nos impide disfrutar de unas vistas maravillosas de la cordillera del Himalaya.
Hacia el sudeste, vemos el Shishapagma, el mas pequeño de los ochomiles, pues solo los supera en doce metros.


Shishapagma

El Everest no podemos verlo desde aquí, pues a nuestra izquierda tenemos muy cerca el Labuji-Kang de 7367m que tapa la vista por ese lado. La cima del Lalung-la está coronada por varios mástiles muy altos desde donde cuelgan cientos de banderas de oración que reparten al viento las plegarias para que lleguen a todos los seres vivientes.
Después de hacer unas fotos continuamos el viaje hacia Gutsuo, en chino (Kutso), una pequeña aldea a 4400m, allí paramos a comer en un refugio de viajeros. Tiene un patio en la entrada donde dejamos el coche, el interior es una sala cuadrada con bancos forrados de tela en todo el perímetro, varias mesas bajas y una estufa, a la izquierda está la cocina, desde donde nos acercan dos termos de té tibetano, al fondo unos pequeños ventanucos nos ofrecen una vista del río Phung- chu, que discurre mansamente entre gravas, la anchura de la rambla es de más de cien metros.
El conductor, Tsonam, se junta con otros conductores y les sirven una fuente con carne hervida sin caldo que ellos comparten con una conversación distendida, nosotros comemos Tugpa, la sopa de verduras con algo de pasta que nos sabe tan buena. Toni y yo tomamos té tibetano, tcha-sumá, Alicia también lo prueba, pero Mari se niega, le dan arcadas solo con el olor.

martes, 10 de enero de 2017

LA LARGA NOCHE


El viaje se alarga pues el Toyota es un viejo trasto que de vez en cuando se para, y cuando no se para él, los camiones que cargan leña nos retienen sin compasión, pero no hay mal que por bien no venga, bajamos y estiramos las piernas que siempre nos viene bien, de todos modos aquí el tiempo no significa nada, y para colmo tienen el mismo horario que en Beigin que está a unos cinco mil kilómetros.
Con mucho frio llegamos a Nyalam (Cordu), fuimos al albergue y dejamos todas nuestras cosas en la habitación, y con los plumas puestos nos fuimos a un pequeño restaurante a tomar algo caliente, se llamaba AMDO-TASHI, y su dueño, un simpático tibetano, Tsering. Nos contó que había trabajado en una expedición al Everest, no pudimos aclarar si en la expedición había un español o la expedición era española. Tsering nos preparó unos panes para la cena que estaban muy buenos, también me enseñó algunas palabras en tibetano que yo anoté de forma fonética para poder utilizarlas durante el viaje, ya que nuestro conductor Tsonam no parecía hablar otra cosa que tibetano. A la salida del  restaurante de Tsering, unos niños se prestaron a hacernos una foto a los cuatro juntos, uno de ellos tan solo se vestía con un chándal de algodón, nosotros con el anorak de plumas teníamos cierta sensación de frio, pero ellos no parecían afectados. Dejamos encargado el desayuno para la mañana siguiente y con el pan calentito nos fuimos a cenar a la habitación.




La noche fue muy larga, Mari tenía palpitaciones, dolor de cabeza y mareos, no dejaba de llorar, estaba sufriendo el mal de altura, un gran malestar que hasta que no lo sufres, no te puedes imaginar lo duro que es. No dormimos casi nada, yo me planteaba volver al día siguiente hacia Kathmandú, pues había un minibús que viajaban en sentido contrario cuyos ocupantes también dormían junto a nosotros, pues cuanto mas nos adentrásemos en la meseta tibetana, mas difícil sería volver.

El mal de altura se produce por subir a cotas elevadas sin que tu cuerpo tenga tiempo de aclimatarse a esa altitud, al viajar nosotros en coche era más fácil que se produjese este contratiempo, que solo se evita subiendo más lento o bajando de  altitud.

Durante la noche, Mari sufrió los dolores de cabeza, bebió líquido, tomó aspirinas y su cuerpo se fue adaptando a esa altura, si no hubiese mejorado tendríamos que haber dado la vuelta. Al día siguiente Mari se encontraba bastante mejor, y tiene ánimo para seguir,
 esperamos un buen rato a que abriesen la puerta de entrada para poder ir a desayunar al restaurante de Tsering, son las ocho de la mañana y está empezando a clarear, hace un frío tremendo, dentro del restaurante se está bien calentitos, y mientras desayunamos intentamos entendernos con la gente y con un poco de voluntad, gestos y dibujos lo vamos logrando.


Tsonam no aparece, son casi las diez, nos hemos comido todas las tortitas y hemos bebido varios tes tibetanos y nada no aparece, el otro conductor estaba allí antes de llegar nosotros, al parecer él también espera a Tsonam.

El té tibetano se prepara con té, sal mantequilla de yac y agua, se bate bien y se sirve muy caliente. Esta bebida es ideal para el entorno donde nos encontramos, pues aquí necesitas liquido, calorías y sales, pues te deshidratas con mucha facilidad.

Tsonam aparece y sin pestañear se toma su desayuno como si nada, aquí el tiempo tiene otra dimensión, luego se pelea un rato con el Toyota para que arranque, nosotros dentro pelados de frío, por fin arranca, pero…..tenemos que poner combustible.
Hace tanto frio en este lugar que los depósitos de combustible están en el interior de una casa, desde donde sacan una manguera para llenar el depósito y que no se congele.

viernes, 6 de enero de 2017

ENTRAMOS EN TIBET

Kodari


El valle de Kathmandú, cada vez es más pequeño y lejano, a las ocho de la mañana paramos a desayunar en un bar junto a la carretera con unas vistas sobre el valle increíbles, allí entablamos conversación con Claudio, está enfermo, nos cuenta que ha estado vomitando toda la noche, le doy una pastilla de almax y al rato parece que está mejor. Continuamos el viaje, la carretera asfaltada da paso a una pista de tierra cada vez más deteriorada, en algunos puntos, una máquina de cadenas se esfuerza en reparar los desprendimientos para que los vehículos puedan pasar.


Al cabo de seis horas llegamos a Kodari, una pequeña aldea donde nos deja el minibús, cargando todo nuestro equipo debemos andar unos cientos de metros y cruzar el puente de la Amistad sobre el río Kosi Kola, los vehículos no pueden cruzar, pasamos por delante de un centinela chino que nos saluda militarmente, nos llama la atención su uniforme perfecto, pero esta con zapatillas de deporte.



El puente de la amistad sobre el río Kosi Kola.

Bueno ya hemos cruzado, ha sido fácil, las guías hablaban de varias horas en la frontera, y nosotros hemos pasado, subido a los coches y salido hacia la aldea de la parte china, Zagmu (Kaasa), en coche se tardan unos quince minutos, allí volvemos a parar, ¿que pasa?, ¡que la frontera está aquí!!!! .
Los soldados del paso fronterizo son muy jóvenes, parecen niños, pero con muy mala leche, tratan muy mal a los tibetanos que intentan cruzar a pié cargados con grandes saco de grano, nosotros tardamos quince o veinte minutos, comprueban el visado y pasamos sin problemas.
Aquí en la frontera, un chino quiere subir a nuestro coche, yo le digo que allí no sube, pues ya vamos cinco y el conductor, le echo de allí y se va para el otro coche, con los jóvenes de Israel, luego me enteré que era nuestro guía. Paramos a comer en un sitio que estaba razonablemente sucio, pero la comida estaba buena, Tugkpa, sopa de verduras con fideos, que se convertiría en nuestro plato favorito durante el viaje.
Después de comer subimos al coche con nuestro conductor, Tsonam, que solo hablaba tibetano, bueno lo cierto es que no sabemos lo que habla, Toni y yo le hablamos en valenciano, total no nos entiende, y para nosotros es más fácil, Mari y Alicia nos lo recriminan pero ¿qué podemos hacer?.



El camino cada vez es más difícil, pero el paisaje es maravilloso, la carretera es de tierra, bastante ancha, en las inmediaciones de los torrentes se estrecha bruscamente por los desprendimientos, los abismos son impresionantes, los tenemos a nuestra izquierda en el sentido de la marcha, así entre tumbo y tumbo vamos ganando altura, Zagmu está a 2300m y debemos llegar a Nyalam (Condu) a 3850m.